El Regalo

En 1968, The Velvet Underground lanzó el que probablemente seguirá siendo uno de los discos más ruidosos y perturbadores que se hayan hecho: White Light / White Heat.

Y en medio de esa locura psicodélica sigue resplandeciendo como una misteriosa joya la que para mí es una de mis piezas Velvet favoritas: The Gift.

The Gift es un cuento corto escrito por Lou Reed años atrás y narrado de manera soberbia y desapasionada por John Cale. Esto último, unido a la monotonía minimalista de la instrumentación convierten el transcurso del relato en un hipnótico viaje, de comienzo a fin.

The Gift, by The Velvet Underground, from White Light / White Heat album (1968).

Desde que la escuché por primera vez recuerdo haber realizado bocetos y anotaciones para un posible cortometraje, o una animación, o como mínimo una ilustración, ya que el propio sustrato es tan evocador que sigue refulgiendo como un magma aún incandescente, que de cuando en cuando expele ideas, sugerencias o posibilidades expresivas.

Finalmente me he decidido a ilustrar esta inusual historia de amor. ¿Y qué mejor fecha para su lanzamiento que el Día de San Valentín?

Lo que tienen a continuación es una traducción personal del texto original. He intentado ser lo más respetuoso posible sin restar fluidez y narratividad. Espero haber conseguido ese equilibrio. Aún así, cualquier sugerencia o aportación sobre la misma será bienvenido.

El Regalo

Waldo Jeffers había llegado al límite. Era a mediados de agosto, lo que significaba que había estado separado de Marsha durante más de dos meses. Dos meses, y todo lo que tenía para enseñar eran tres cartas manoseadas y dos llamadas a larga distancia bastante caras. Cierto, cuando el curso acabó y ella regresó a Wisconsin y él a Locust, Pennsylvania, ella le juró mantener una cierta fidelidad. Quedaría ocasionalmente, aunque sólo por diversión. Le seguiría siendo fiel.

Pero últimamente Waldo había empezado a preocuparse. Tenía problemas para dormir y cuando lo conseguía, tenía unos sueños terribles. Se echaba despierto por la noche, agitándose y cambiando de postura bajo su plisado edredón, con lágrimas brotando de sus ojos al imaginarse a Marsha saltándose los votos jurados con ayuda de licor y el efecto balsámico de algún neandertal, para finalmente sucumbir a las caricias del oblivion sexual. Era más de lo que una mente humana podía soportar.

Las visiones de la infidelidad de Marsha lo acosaban. De día, fantasías de abandono sexual impregnaban sus pensamientos. Y la cosa era que ellos nunca entenderían cómo era realmente ella. Waldo llegó él solo a esta conclusión. De manera intuitiva, él había logrado captar cada rincón y cada recoveco de su psique. La había hecho sonreír. Ella lo necesitaba, y él no estaba ahí (Ohhh…).

La idea le vino el martes previo al desfile de los Mummers. Acababa de cortar y labrar el césped de los Edelson por un dólar cincuenta y de chequear el buzón en busca de alguna nota de Marsha. No había nada salvo una circular de la Compañía Americana de Aluminio Amalgamado indagando en sus sobresaltadas necesidades. Al menos ellos se preocupaban de escribir.

Era una empresa de Nueva York. Podías ir a cualquier sitio en correo. Fue entonces cuando se le ocurrió. No tenía dinero suficiente para ir a Wisconsin de manera convencional, cierto, pero ¿por qué no enviarse a sí mismo por correo? Era ridículamente simple. Se enviaría a sí mismo como un paquete postal, envío especial. Al día siguiente Waldo fue al supermercado a comprar el equipamiento necesario. Compró cinta adhesiva, una pistola grapadora y una caja de cartón tamaño medio, justo para una persona de su constitución. Consideró que con unos pocos empujones podría viajar decentemente. Unos agujeros, algo de agua, quizá algún piscolabis de medianoche, y probablemente sería tan bueno como ir en clase turista.

Para el viernes por la tarde, Waldo ya estaba listo. Se había empaquetado meticulosamente y había quedado con la oficina postal en que lo recogieran a las tres. Anotó en el paquete «Frágil», y se acurrucó dentro, descansando en el cojín de gomaespuma que había tenido a bien de incluir; intentó imaginar la expresión de sorpresa y alegría en la cara de Marsha al abrir la puerta, ver el paquete, dar una propina al repartidor y descubrir a Waldo finalmente allí, en persona. Lo besaría, y después quizá vieran una película. Si tan sólo se le hubiese ocurrido antes. De repente, unas manos rudas agarraron la caja y sintió cómo lo levantaban. Aterrizó con un ruido sordo en un camión y partió.

Marsha Bronson acababa de arreglarse el pelo. Había sido un fin de semana muy agitado. Tuvo que recordarse no volver a beber más de esa manera. A pesar de todo, Bill había sido considerado. Al terminar le dijo que aún la respetaba y que, después de todo, era lo natural, y que incluso aunque no la amara, sentía simpatía por ella. Al fin y al cabo, ya eran mayorcitos. Oh, la de cosas que Bill podría enseñar a Waldo - pero aquél se le antojaba a varios años de distancia.

Sheila Klein, su muy mejor amiga, entró por la puerta del porche a la cocina. «Oh Dios, está de un cursi ahí fuera.» «Ay, sé lo que dices ¡yo también me doy asco!» Marsha se apretó el cinturón de su bata de algodón ribeteado en seda. Sheila pasó el dedo por unos granos de sal sobre la mesa de la cocina, se lo lamió e hizo una mueca. «Se supone que tengo que tomar estas píldoras de sal pero», arrugó la nariz, «me dan ganas de vomitar.» Marsha comenzó a darse golpecitos en la barbilla, un ejercicio que había visto en televisión. «Dios, ni lo menciones.» Se levantó de la mesa y fue al fregadero donde cogió un bote de vitaminas rosas y azules. «¿Quieres una? Se supone que son mejores que un bistec.» y entonces intentó tocarse las rodillas. «No creo que vuelva a tocar un daiquiri en mi vida.»

Se dejó caer, agotada, esta vez más cerca de la mesita sobre la que se apoyaba el teléfono. «Puede que llame Bill,» dijo contestando a la mirada de Sheila. Sheila mordisqueaba una cutícula. «Después de lo de anoche, pensé que lo habías dejado.» «Sé a lo que te refieres. Dios, era como un pulpo. Manos por todas partes.» Hizo un ademán, levantando sus brazos como para defenderse. «La cosa es que, al rato, te cansas de luchar contra él, sabes, y después de todo no hicimos nada el viernes ni el sábado así que pensé que se lo debía. Sabes a lo que me refiero.» Empezó a rascarse. Sheila reía tapándose la boca. «Como te digo, lo sentía así, incluso al rato,» aquí se inclinó para susurrar, «¡la verdad es que tenía ganas!» Ahora reía con fuerza.

Fue en este momento que el Sr. Jameson de la oficina postal de Clarence Darrow llamó al timbre del gran marco estucado de casa. Cuando Marsha Bronson abrió la puerta, el cartero la ayudó a pasar el paquete. Le hizo firmar las hojas amarilla y verde y se fue con una propina de quince centavos que Marsha sacó del monedero beige en el cuartucho de su madre. «¿Qué crees que será?» preguntó Sheila. Marsha estaba en pie con sus brazos cruzados a la espalda. No quitaba los ojos de la caja de cartón marrón en mitad de la sala. «Ni idea.»

Dentro del paquete, Waldo se estremecía de emoción al escuchar las voces acolchadas. Sheila pasó la uña sobre la cinta adhesiva que recorría el centro de la caja. «¿Por qué no miras la dirección del remitente y así ves de quién es?» Waldo sentía su corazón martillear. Podía sentir la vibración de los pasos. El momento se acercaba.

Marsha dio la vuelta al cartón y leyó una etiqueta garabateada en tinta. «Ay Dios, ¡es de Waldo!» «¡Menudo gilipollas!» dijo Sheila. Waldo temblaba de expectación. «Bueno, también podrías abrirlo ¿no?», dijo Sheila. Ambas trataron de levantar la solapa de grapas. «Ay sst,» gruñó Marsha, «lo ha clavado bien.» Tiraron de la tapa de nuevo. «Por Dios, ¡hace falta un taladro para abrir esto!» Tiraron de nuevo. «Imposible arrancar.» Se quedaron de pie, respirando pesadamente.

«¿Por qué no lo intentas con unas tijeras?», dijo Sheila. Marsha corrió a la cocina, pero lo único que encontró fueron unas pequeñas tijeras de coser. Entonces recordó que su padre guardaba un montón de herramientas en el sótano. Corrió escaleras abajo y regresó con un gran cutter de metal en la mano. «Es lo mejor que he encontrado» Estaba sin aliento. «Hazlo tú. E-estoy que me muero.» Se echó en un gran sofá mullido y exhaló sonoramente. Sheila intentó hacer un tajo entre las solapas de cartón y la cinta adhesiva, pero la hoja era demasiado gruesa y no había suficiente espacio. «¡Maldita sea esta cosa!» dijo sintiéndose exasperada. Entonces sonrió. «Tengo una idea.» «¿Qué?» preguntó Marsha. «Tú limítate a mirar,» dijo Sheila, tocándose la cabeza con su dedo.

En el interior del paquete, Waldo estaba tan paralizado por la excitación que apenas si podía respirar. Su piel le picaba del calor y tenía el corazón en la garganta. Se acercaba el momento. Sheila caminó erguida hacia el otro lado del paquete. Entonces hincó sus rodillas, agarró bien el cutter con ambas manos, tomó aliento, y clavó la larga hoja en la caja, a través de la cinta adhesiva, a través del cartón, a través del cojín y (ruido sordo) justo a través del centro de la cabeza de Waldo Jeffers, que se abrió levemente originando rítmicos arcos rojos que palpitaban delicadamente ante el sol de la mañana.

Un buen día, Waldo... (El Regalo), por Juan Antonio Morales - 2017. Zbrush y Blender. Renderizado con Cycles.

Detrás de la escena

De izda a dcha: Nico, Andy, Lou, Moe, Sterling y John. La original Velvet Underground al completo.

No hay que olvidar la mano que meció la cuna de la Velvet en los primeros años fue ni más ni menos que la de Andy Warhol, que diseñó de paso su primera e icónica portada. El plátano más famoso de la historia del rock.

Diseño de portada del álbum The Velvet Underground & Nico, por Andy Warhol.

A partir de ahí, todo se entrelaza de una manera desquiciada...

Esta es sin duda una de las escenas más complejas que he realizado, a pesar de su aparente simplicidad. Por ejemplo, esta es la primera vez que utilizo una cámara ortogonal, en lugar de la cámara de perspectiva convencional. La idea era no distorsionar la lata de Campbell's y permanecer lo más fiel posible a la estética pop e industrial de Warhol.

The Gift's GIF 😀

Por otro lado, he trabajado bastante la nueva y fascinante prestación de Blender, que permite subdividir y desplazar la malla de manera microscópica con un mínimo consumo de memoria.

La técnica del microdesplazamiento la pueden observar mejor aquí.

Microdesplazamientos.

El óxido en la lata es, de nuevo, procedural, como en otras tantas ocasiones. La verdad es que no me canso de experimentar con esta inagotable (y divertida) técnica.

Por favor ¡Sáquenme de aquí!!!!!

Y finalmente (aunque hay mucho más) la etiqueta ha sido diseñada exclusivamente para esta ilustración, así como el patrón floral de la misma, que es lógicamente idéntico al del fondo.

Música ensangrentada

El trabajo vectorial es de Inkscape y la composición y maquetación con Photoshop.

El sacrificio de Waldo

En The Gift confluyen dos constantes en el cosmos de Lou Reed sobre las relaciones personales: la mujer fatal y el pelele inmaduro. Sólo recordar sus famosas Caroline, Candy, y tantas otras bajo distintos nombres y sus respectivos amantes.

Marsha (y Sheila) pertenecen sin duda a ese tipo de mujeres.

En cuanto al pobre Waldo, ha pasado a la historia como uno de los personajes más gilipollas de la cultura popular.

Su inmolación se produce cada vez que alguien da al play y reproduce la canción. Cada vez que alguien la recita o versionea la pieza o cada vez que los padres de la criatura la han interpretado en un concierto ante miles de espectadores ávidos de sangre.

Cuántas veces no habrá sido sacrificado... Y nunca son suficientes 😀. Pobre Waldo. Pero en el fondo, su sacrificio me parece un acto catártico. Ese matar el amor enfermizo y posesivo, celoso y neurótico tiene mucho de saludable y, realmente, cualquier persona que goce de equilibrio mental debería alegrarse de ese espectacular final.

Y si no, que se lo pregunten a los espectadores de este histórico concierto. La versión enérgica de Cale es memorable, la instrumentación es mucho más rica que la original (así como el sonido) y los gritos de gozo ante el anhelado momento final no tienen precio.

Esta versión es, para un humilde servidor, simplemente A-L-U-C-I-N-A-N-T-E. ¡Escuchenla al máximo volumen!

The Gift, by The Velvet Underground. MCMXCIII (Live)

¡Salud y Amor para todos!

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